
Hace más de un año me harté. Me harté de poner la televisión y ver cadáveres de niños. Me harté de entrar en las redes sociales y asistir a un genocidio retransmitido en directo. Me harté de ver a políticos haciéndose fotos con pasteles en forma de la soga de un ahorcado. Simplemente, me harté.
No sé cómo la mayoría de la gente sobrelleva esto, solo puedo hablar por mí mismo y que la salida a esa sensación de hartazgo se transforma en rabia y furia. Sin embargo, hace mucho tiempo que logré rebajar mi respuesta a esas emociones. Escribo. Esa es mi salida. Esa es la manera que tengo de sobrevivir a un mundo que me sobrepasa día a día.
Pero no es fácil.
Recuerdo el primer borrador de Una casa en Gaza. Casi nada más empezar, una familia de colonos se enfrenta a una casa desalojada que van a ocupar. La última habitación que abren contiene una cuna vacía y manchas de sangre. Nada más.
Ahí se quedó el borrador durante unos cuantos meses. No sabía, no podía, continuar escribiendo más allá de esa imagen. Se me hacía una bola en la garganta, un nudo en el estómago. Releía esas dos páginas y paraba. No había nada más. Cómo contar algo más. ¿Hacía falta contar algo más?
Me dediqué a la documentación. Eso era algo que podía controlar. Y leí sobre religión, sobre historia, sobre los mitos cananeos que un día imperaron, sobre las habilidades sobrehumanas de los profetas del Antiguo Testamento, sobre la sangre, la guerra, la vida, la resurrección, la servidumbre, el dolor, el abandono, la ceguera selectiva, la supervivencia.
Y un año después me puse a escribir de nuevo. Arropado por una historia antigua llena de ecos cuneiformes, pozos como puertas a inframundos, sangre derramada para mayor gloria de dioses olvidados, jardines hermosos en los que perderse y olvidar los pecados. Así, disfrazándome, pude contar una historia cuyo marco es el genocidio, el horror, la muerte indiscriminada y la hipocresía.
El marco es el relato. El paisaje es el horror más profundo. La historia de Una casa en Gaza recorre una familia y un territorio. La pérdida de la identidad. El eco de la historia. Lo fácil que el ser humano se abandona al mal, convirtiéndolo en algo inevitable.
No sé si al final habré logrado transmitir todos estos elementos, pero lo que tengo claro es que he logrado cerrar la puerta de la habitación al final del pasillo donde me negaba a mirar por vergüenza, ansiedad y furia.
Una casa en Gaza estará disponible en septiembre gracias a la amable locura que habita en Orciny Press.




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